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TC48: VUELO AL MISTERIO
Lo que revelan los testigos; indicios que llevan a la jungla y no al
mar; el caso fue oficialmente cerrado pero las pistas siguen aún
inexploradas
El 4 de diciembre pasado, nuestra cancillería dio cuenta de que,
mediante un cambio de notas, los gobiernos de la Argentina y Costa
Rica “cerraban oficialmente” el caso del avión TC-48, a fin de “llevar
al espíritu de las familias de las víctimas la resignación cristiana
que contribuya a la normalización de su vida y a su total reintegro a
la actividad social”.
Tras dos largos años, la crónica oficial volvía, así, a mencionar un
episodio signado por la esperanza, la angustia y la frustración; un
vuelo de destino ignorado cuyas muchas trayectorias posibles conducen,
invariablemente, al territorio de la fatalidad.
El primer comunicado
En la tormentosa mañana del 3 de noviembre de 1965, la torre de
control del aeropuerto internacional de El Coco, en San José de Costa
Rica, recibió una llamada de emergencia: “Aquí el Douglas DC-4
matrícula TC-48 de la Fuerza Aérea Argentina. Tengo fuego en un motor.
Intentaré aterrizar en cualquier lado”.
El avión trasportaba, en vuelo de instrucción final, a cincuenta y
cinco cadetes del último curso
de la Escuela de Aviación Militar, a quienes acompañaban cinco
oficiales superiores y nueve tripulantes. Horas después se lo daba por
caído en el “punto Mike 5” del mar Caribe, en la intersección de las
coordenadas 0940 de latitud norte y 8130 de longitud oeste.
Cinco días más tarde y tras intensa búsqueda dificultada por el mal
tiempo, un avión norteamericano avistó veinticinco salvavidas y una
balsa inflable de color amarillo, sin rastros de náufragos y a 65
kilómetros de la ciudad de Colón, es decir, en las proximidades de
“Mike 5”. Una torpedera de la misma nacionalidad recogió cinco de los
salvavidas, algunas ropas y botellones de oxígeno.
Todos los salvavidas llevaban un sello con la palabra “revisado”: el
que utiliza la Fuerza Aérea Argentina.
El día 10, la Secretaría de Aeronáutica “lamentaba comunicar ...” que
se daban por desaparecidos al cuatrimotor y a las 69 personas que se
encontraban a su bordo.
Con el comunicado oficial, la historia parecía haber llegado a su fin.
Nadie supuso entonces que podría haber un segundo capítulo, pero éste
comenzó un mes después del accidente.
Media hora después
“Nos citaron en un edificio de Paseo Colón para que viéramos lo que
habían encontrado en el Caribe”, afirma la señora María Victoria
Zabaleta, madre de uno de los cadetes desaparecidos. "Nos mostraron
salvavidas, tanques de oxígeno y ropas. Estas ropas tenían olor a
naftalina, no parecían haber estado en el mar y ninguna fue reconocida
por los familiares allí presentes”.
La exhibición fue hecha a principios de diciembre de 1965 y asistieron
a ella unos 80 familiares de los ocupantes del TC-48. Las autoridades
se mantuvieron firmes en su apreciación de los hechos. Y un grupo de
familiares de los desaparecidos decidió reunirse en comisión para
seguir investigando por su cuenta.
Los primeros representantes de esa comisión que llegaron a la zona del
accidente fueron los señores Cabanillas y Ramello.
Durante la operación se produjo un incidente curioso: uno de los
helicópteros que patrullaban el área aterrizó circunstancialmente en
una zona selvática de la costa, y los naturales comunicaron al piloto
haber visto pasar “un cuatrimotor plateado, que volaba bajo y hacía un
ruido extraño”. El piloto comprobó una diferencia de más de media hora
entre el paso del avión y la presunta caída del TC-48. Por lo tanto
desechó la información, seguro de que se trataría de otro aparato.
Capitán Tomilchenko
A fines de 1965 había llegado a Panamá, independientemente, un
personaje cuyo nombre se trasformaría luego en símbolo de la
investigación del accidente, del esperar contra toda esperanza: el
capitán Juan Tomilchenko. Convencido en principio de que el TC-48
había caído en el mar, buscaba en las islas restos del aparato. Se
apoyaba en una teoría perfectamente comprobada, según la cual las
corrientes marinas de la zona arrastran indefectiblemente todo despojo
flotante hacia determinado archipiélago del Caribe. Durante 25 días
rastreó la zona a bordo de una lancha pesquera; sin novedad. Cuando
emprendió el retorno había encomendado a los pesqueros de fas islas
que examinaran las playas, cosa que éstos hicieron durante los
siguientes seis meses, también sin resultado.
Entre enero y julio de 1966 operó la segunda expedición, formada por
los familiares de
cuatro cadetes: Stangalino, García, Bravino y, 15 días más tarde,
Becerra. Decidieron formar dos grupos de trabajo; uno compuesto por
los dos primeros y otro, por los dos últimos. Becerra y Bravino
obtendrían indicios sensacionales: numerosísimas personas afirmaban
que “un cuatrimotor plateado, que volaba a 20 ó 25 metros de altura y
que sonaba muy mal’’ había sido visto el día del accidente sobre la
selva.
La sistemática indagación de los expedicionarios, realizada cada 10 ó
15 kilómetros, les permitió comprobar que las declaraciones coincidían
sugestivamente en cuanto a la dirección del vuelo, y que uniendo los
puntos investigados se podía trazar una trayectoria general de sudeste
a nordeste hasta perderse en zonas inaccesibles o deshabitadas. La
cinta grabada con las declaraciones decidiría a Tomilchenko a reunirse
con Bravino, que había quedado en Costa Rica; juntos emprendieron la
tercera expedición, en julio de 1966.
Poco antes se había conocido un dato fundamental: el piloto de un
avión que volaba de El Coco a Miami dijo haber hablado con el
comandante Renato Filipa, piloto del TC-48, 33 minutos después de la
presunta caída de este aparato.
Motor en llamas
Ante el Procurador Penal de Costa Rica, Gunnar Pinto, el capitán
Alvaro Protti Fernández expresó textualmente:
“El día 3 de noviembre de 1965 efectuaba el vuelo 616 de la compañía
LACSA en vuelo directo de El Coco a Miami, llevando como copiloto al
señor Orlando Coto. Aproximadamente a las 6.45 de ese día escuchamos
una llamada de emergencia, en la cual un avión de la Fuerza Aérea
Argentina nos solicitaba pasáramos a El Coco la siguiente información:
‘que se encontraba a un lado de la isla Escudo de Veragua con el motor
número 4 incendiado, que trataba de combatir el fuego y que buscaba el
aeropuerto de El Coco’ ”. El capitán Protti sugirió que volaran hacia
Puerto Limón, en Costa Rica, por ser éste un lugar más apto para
aterrizajes de emergencia. Dos minutos después recibieron confirmación
en el sentido de que el avión argentino se dirigía a Puerto Limón,
donde estimaba llegar a las 7.20. A las 7.01 hizo su último enlace
para indicar que se aproximaban a un lugar llamado Bocas del Toro,
volando bajo y por medio de instrumentos. El fuego del motor se había
extinguido, pero las condiciones meteorológicas eran adversas y los
instrumentos se estaban muriendo (vale decir, dejando de funcionar por
falta de energía eléctrica).
El TC-48 despegó de la base Howard, en Panamá, a las 5.45, hora de
Costa Rica. Comunicó la emergencia a las 6.28, y perdió contacto con
tierra, por lo que se lo dio por caído a esa hora. A las 7.01 llevaba
volados 33 minutos más. Bocas del Toro es una zona salpicada de islas,
que se encuentra unos 80 kilómetros al oeste del “punto Mike 5”, a
menos de 5 kilómetros de la costa panameña, a unos 40 kilómetros del
límite entre Panamá y Costa Rica y a 120 kilómetros de Puerto Limón.
La constancia de lo hecho por el capitán Protti fue hallada en los
libros del aeropuerto de Crimón por Tomilchenko y Bravino, en marzo de
1966. El testimonio oficial que trascribimos consta en una
investigación ordenada por el gobierno de Costa Rica a su Ministerio
de Seguridad Pública, y llevada a cabo a partir de agosto de 1966. Uno
de los documentos de dicha investigación, firmado por el teniente
coronel Alvaro Sánchez Monestel, director de Investigaciones
Criminales, concluye que el TC-48 se encuentra en territorio
costarricense, que muchos indígenas conocen el lugar de la caída y que
ocultan la información por “sentimientos de culpa” no determinados,
recomendándose, asimismo, la organización de una expedición bien
pertrechada. Termina exaltando el valor y la capacidad de “los
oficiales argentinos Juan Tomilchenko y Orlando Bravino”, que
participaron de la investigación.
Testimonios
En setiembre de 1966, la Fuerza Aérea Argentina envía en comisión a
los comandantes Berastegui y Ramírez, que certifican la diferencia de
33 minutos en el sobrevuelo del TC-48 y las medidas de emergencia que
se tomaron en Puerto Limón ante el anuncio de que el Douglas llegaría
de un momento a otro. El procurador penal Gunnar Pinto obtuvo el
testimonio de todo Un grupo de gente que vio a un gran avión en
dificultades en la vecindad de Puerto Limón. Dicho testimonio reza lo
siguiente: “El señor Amado Alvarado, vecino de Penhurst, Limón,
manifiesta que el 3 de noviembre de 1965, entre las 10 y las 11 horas,
se encontraba abriendo un canal al mando de 27 peones en la finca
Bonifacio de ese lugar. Como en esos momentos se venía la tempestad,
ordenó a los obreros abandonar el trabajo; apareció entonces sobre
ellos, como a 30 metros de altura, un avión de color gris plomo, con
cola de color azulino, que iba dejando una estela de humo espeso y
daba la impresión de no andar bien. Cuando llegó a su casa, su hija
Gladys le dijo que había pasado un avión y que parecía que éste iba a
dar contra un cerro que se encuentra detrás de la casa, pero hizo un
viraje hacia el sudoeste, buscando hacia el lado de Pandora”.
El mismo día, alrededor de las 10 de la mañana, el señor Juan Medrano
Gómez, también de Penhurst, “hallándose en la comisaría principal, oyó
un ruido extraño y salió al exterior para ver de qué se trataba”. Así
pudo ver “un avión de color plateado, que volaba a unos 50 metros del
suelo. Los motores le fallaban; llevaba rumbo noroeste, con tiempo
tormentoso, poca visibilidad y mucho viento”.
En el límite entre Panamá y Costa Rica, en una localidad llamada
Sixaola, se presentó a la policía la señorita Telma Rodríguez Swaby,
diciendo que ese mismo día, a eso de las 10, vio un avión “gris o
plateado, de cuatro motores, que pasó muy bajo; sus motores daban la
impresión de fallar. Seguía una ruta de oriente a occidente”.
El TC-48 era de color plateado, y llevaba en los planos de cola el
azul y blanco de los aparatos de la Fuerza Aérea Argentina. Como ya
hemos dicho, su motor número 4 estaba incendiado y volaba bajo, sin
posibilidad de retomar altura debido al déficit de potencia. Eso lo
habría obligado a virar ante los cerros, que no podía sobrevolar. Le
hubiera sido imposible, por otra parte, “dar un salto” por el mar-; ya
que de ese lado tenía el frente de tormenta que pronto se desataría en
tempestad.
Si el TC-48 estaba en el aire todavía a las 10 de la mañana, había
volado por lo menos 3 horas y media más que lo anunciado oficialmente.
El miedo a hablar
No faltaron en la búsqueda los episodios alucinantes. “Yo tengo miedo.
Tengo miedo de hablar. Pero estuve con mi padre en el lugar donde cayó
el avión de los castellanos (argentinos)... Él se hizo rico con lo que
sacó de allí". Estas palabras pertenecen a Rafael Sánchez García,
indiecito de unos ocho años de edad. Las pronunció en julio de 1967,
poco antes de morir en el Hospital Nacional de Niños de San José de
Costa Rica, víctima de lo que los médicos definieron como “anemia
aguda con complicaciones”.
“Es una nave grande, de 4 motores”, había dicho. “Está incrustada en
los pantanos de la selva, con algunas partes destrozadas. El cerro
donde se encuentra se llama Coptan y queda en las cerras de Sibubian.
Para encontrarla, habría que irse a la alta Talamanca, donde vivíamos
nosotros antes de mudarnos a Corona. Allá, desde el rancho de Las
Hojas, pasando por el rancho de Banano, se tarda más o menos una hora
en llegar hasta el avión, que se encuentra tapado. ..”
Existen dos versiones acerca de cómo fue obtenida esta declaración:
las autoridades del hospital dicen que el niño pidió hablar, antes de
morir, con los doctores Quesada Córdoba y Mora Urpi, a quienes
comunicó la información; Tomilchenko, en cambio, afirma que al entrar
el niño en agonía se le administró pentotal y habló en el estado que
suscita la droga. Tomilchenko estaba presente, y grabó las palabras
del infortunado indiecito.
Producido el deceso, las autoridades montaron guardia en la morgue del
hospital, con la esperanza de poder interrogar a quien se presentara a
reclamar el cadáver. Detuvieron así, pasados 5 días, a Eusebio Torres
Sánchez, padrino del niño. El indígena se mostró hermético, aunque
admitió ante el procurador Gunnar Pinto, haber visto el 3 de noviembre
de 1965, un “cuatrimotor volando bajo, selva adentro”. Por otra parte,
se negó a explicar las razones por las cuales su familia había dejado
la anterior zona de residencia para trasladarse a Corona.
En esta localidad, precisamente, la familia entró en relación con Taha
Rojas de Boirivant, maestra del lugar y viuda de un médico francés.
Ella se encargó de llevar al niño enfermo al hospital donde luego
moriría.
La “maestra de Corona” es un personaje clave: en su escuela —una choza
techada con hojas de palmeras— tuvo ocasión de recoger numerosos datos
que oyó de los indios acerca de un avión caído en una jungla cercana.
Pero no bien demostró su voluntad de colaborar con los expedicionarios
que la visitaban precisamente en busca de esos datos, se vio amenazada
por indígenas que le exigían silencio. La extraña personalidad de la
maestra no ayuda, por cierto, a esclarecer los hechos. Sus cartas
contienen con frecuencia frases incoherentes o escritas a manera de
clave que sus corresponsales desconocen. Ella se explica diciendo que
la matarán si habla. De hecho se habría atentado contra su vida en no
menos de 3 oportunidades: en una de ellas, un indio le regaló un licor
aparentemente envenenado, que ella no probó; en otra fue arrojada por
desconocidos al torrentoso rio Tarire, donde estuvo a punto de
ahogarse; por último, y hace pocos meses, una serie de disparos cuya
procedencia no se pudo establecer, la hirieron en la pierna y en la
cabeza. A principios de 1967, un brujo indio le anunció la muerte de
un ser querido, a menos que dejara de hablar. Poco después, su hija y
dos de sus nietos morían en un extraño accidente carretero. En esos
mismos días perecía carbonizada la niña Rufina Torres, alumna de Talia
Rojas e hija de un indio que acompañaba a Tomilchenko y Bravino en una
de sus expediciones. Se dijo que la niña “había estado jugando con
kerosene y fósforos”.
Los brujos acechan
Estas muertes misteriosas, que llamaron la atención del ministro de
Seguridad de Costa Rica, tuvieron su máxima expresión en la de otro
indígena llamado Teófilo Giménez.
Teófilo se había ofrecido para conducir a Tomilchenko, Bravino y
Vitetta hasta los restos del TC-48. La seguridad de que hizo gala y la
verosimilitud de los datos que esgrimía convencieron a los
investigadores argentinos y a las autoridades costarricenses de que el
indio conocía realmente el lugar de la caída. Pocos días antes de la
partida de la expedición en la que actuaría como guía, Teófilo
desapareció de su choza. Según un informe anónimo había sido sacado de
la misma por un grupo de indígenas. Un detective de la policía de San
José encontró su cadáver en una tumba secreta, selva adentro, a 10
kilómetros de la choza; había sido estrangulado. Nunca se encontró a
los secuestradores.
Acosada por los acontecimientos, el terror y su propia superstición,
la maestra comenzó a volcar lo que sabía en un diario secreto de
nebulosa redacción, que fue luego descubierto por la policía.
Publicado en entregas por el periódico costarricense “La Prensa Libre”,
fue seguido con apasionamiento por el público de aquel país. Estos
apuntes contienen pasajes en los que se da a entender que el TC-48 se
encuentra en las faldas del cerro Chirripo Grande, de 3.850 metros de
altura. Tanto en su diario como en la abundante correspondencia
enviada a familiares de las víctimas, la maestra repite una y otra vez
que sabe dónde está el avión. “No diré cómo lo sé, pero estoy segura
de ello y lo que afirmo puede ser publicado en la Argentina. Aquí en
Costa Rica no, porque los brujos indios son poderosos y sus
maldiciones pueden seguirme por todo el mundo”. En carta de agosto de
1967 comentaba: “El avión está sukiado (encantado)".
No lo encontrarán así no más. Lo han enterrado y cultivado maíz sobre
la tierra que lo cubre”.
Asevera que en enero de 1966, vale decir dos meses después de la
desaparición del TC-48, vio a dos jóvenes blancos, heridos y agotados.
Los acompañaba un indio que le impidió hablar con ellos. Insiste en
que radioaficionados argentinos (uno de ellos de la localidad de
Florida, Pcia. de Buenos Aires) han señalado correctamente el lugar de
la caída del avión. Este operador le envió una fotografía en la que se
ven algunos de los cadetes desaparecidos. Al observarla, afirmó
sollozando haber cuidado personalmente a uno de ellos, rubio, que
estaba herido en un ojo. Pero inmediatamente se negó a identificar al
aludido, con una frase que ella ha transformado en monótono enigma:
“Me matarán si hablo... mejor déjenme en paz. .. ”
Los emblemas
Otras evidencias circunstanciales se agregaron a los indicios que
señalan al TC-48 como caído en Costa Rica. A principios de 1967
Tomilchenko habría encontrado, en poder de unos yuyeros nicaragüenses,
botones Con insignias de la aeronáutica argentina. Otras pertenencias
de los desaparecidos estuvieron “sin lugar a dudas” en poder de los
indígenas, según el señor Carlos Rodríguez Muñoz, agente de
investigación destacado por el gobierno de Costa Rica. Uno de los
indios interrogados tendría en su poder, a mediados de 1967, unas
camisas con emblemas militares en las charreteras. Rodríguez Muñoz
dibujó tales emblemas en su informe: coincidirían exactamente con las
que usan los cadetes de aeronáutica. En la zona de Corona, la comisión
investigadora del gobierno costarricense sometió a los indios que
debían saber algo del TC-48 a un test que consistía en mostrarles
insignias de diversas armas y países y pedirles que identificaran a
las que ellos habían visto en prendas usadas por otros indígenas.
Entre más de 30 modelos distintos, las de nuestra aeronáutica parecen
haber sido elegidas invariablemente.
Porfirio Céspedes, otro indio del lugar, pareció enriquecer del día a
la noche y sus propios compañeros lo acusaron de poseer efectos
“robados del avión de los castellanos”, entre ellos una máquina de
calcular (había una en el TC-48). Detenido por el alcalde de Puerto
Limón, solo pudo ser interrogado un par de horas: intervino un
influyente abogado y hubo que ponerlo en libertad.
El 23 de agosto del año pasado, finalmente, el ministro de Seguridad
de Costa Rica exhibió una fotografía aérea de unas chozas descubiertas
por el coronel Sánchez Monestel en las selvas de Talamanca. Estas
construcciones son doblemente extrañas: primero, porque no se tenían
noticias de que hubiera grupos indígenas en la zona del hallazgo;
segundo, porque se trata de ranchos con techos a dos aguas, mientras
que los aborígenes del lugar techan sus chozas en forma semiesférica o
cónica. "Fueron hechas por blancos”, fue la conclusión.
Ese mismo día, el ministro anunció su esperanza de “esclarecer el
misterio del avión argentino antes de que termine 1967..
En dólares
Esclarecer el misterio... Este es, en fin de cuentas, el motor que
impulsó en todo momento a los tesoneros investigadores argentinos. “No
olviden que estoy buscando a mi hijo”, ha dicho Tomilchenko. “No nos
interesa el dinero ni los efectos que hubiera a bordo; tan solo
queremos recuperar a nuestros hijos y compañeros de armas, para que
descansen en suelo patrio.”
Los inconvenientes que se oponen a su acción no tienen cuento. Los que
conocen las selvas de Talamanca relatan que allí es imposible ver u
oír a quien se encuentre a más de 5 metros de distancia. El mínimo de
componentes de cualquier patrulla que se interne en la jungla con
alguna perspectiva de siquiera sobrevivir es de 12 a 15 personas, a
las que hay que pagar un salario mínimo de 3 dólares (1.050 pesos) por
día y por cabeza, alimentar y vestir. Ropas y zapatos se ven rápida-
mente destrozados por la densísima vegetación, las alimañas y sobre
todo la humedad: lo que para nosotros sería una lluvia intensa, se
tiene allí por garúa, y los aguaceros de la selva, que se producen
imprevistamente y a diario, no admiten descripción. Solo las patrullas
organizadas por el gobierno de Costa Rica contaron, eventualmente, con
ayuda de avionetas o helicópteros. Tomilchenko, Bravino y Vitetta
debieron internarse una y otra vez en la selva sin apoyo aéreo, vale
decir, sometidos a la escasísima visibilidad de esa maraña vegetal,
que pudo haberles ocultado rastros importantes ubicados a solo unos
pasos de la ruta recorrida, y sin posibilidad alguna de ser
reabastecidos (lo que les hubiera dado autonomía mucho mayor) o
socorridos y evacuados rápidamente en caso de dificultades graves. La
tarifa de alquiler de un helicóptero con su piloto oscila,
normalmente, en los 50 dólares (17.500 pesos) por hora. Estas cifras
son prácticamente inalcanzables para la comisión de padres, que a la
fecha lleva invertidos más de quince millones de pesos, de los cuales
solo 100.000 provienen de donaciones ajenas a sus propios componentes.
“Nos ayudó la gente humilde”, relata Ana Rotchen, hermana del mecánico
del TC-48, que en su domicilio de Juan B. Justo 5282 centraliza la
comisión de padres. “Mujeres que traían menos de 500 pesos, que a
todas luces habían conseguido lavando o planchando. Hombres con su
platita envuelta en trozos de diario. Daba lástima tomarles el dinero.
Cuando se piensa en lo que les dan a los jugadores de fútbol cuando
ganan un partido importante... ¡Cómo es posible que para la felicidad
haya tanta plata y para la desgracia no!”.
A las dificultades económicas y naturales se suma la desconcertante
actitud de los indígenas. Por un lado, es necesario tener presente que
quienes dicen conocer el paradero de la máquina pueden ser falsarios
en busca de recompensas, o bien simples mitómanos que tratan de
obtener notoriedad; por el otro, del núcleo de los que parecen “saber
algo” se alzan de vez en cuando algunas acusaciones tímidas, seguidas
luego por el silencio ante los hechos. Esta desconcertante actitud
puede tener varias explicaciones, de las cuales una es la más obvia:
si alguien saqueó el avión una vez caído, ese alguien tiene que estar
interesado en acallar a los posibles testigos, por miedo a las
represalias —aun las extralegales— que un episodio de esta clase
desataría seguramente.
El tercer capítulo
Las pruebas y las conjeturas que hemos apuntado componen el cuadro de
aquel vuelo al misterio que comenzó hace 26 meses. Pese a todo ese
tiempo, siguen en pie las sospechas de los muchos y muy autorizados
que creen que el TC-48 traspuso el fatídico “punto Mike 5", llegó a
las proximidades de Puerto Limón y allí, a escasos kilómetros de la
pista salvadora, se vio obligado a derivar hacia el interior de Costa
Rica, “encañonarse en el lecho del Tarire con el tren de aterrizaje
fuera” —como le informaron a Sánchez Monestel en San José Cabécar— y
estrellarse finalmente en cualquiera de las barrancas del río o en las
faldas del último obstáculo, esta vez insalvable: el cerro Chirripó
Grande, la cima más alta del país.
Esta tesis deja abierta la posibilidad de que en el corazón de la
selva centroamericana estén —para adoptar la posición menos optimista—
los restos de los 69 argentinos perdidos.
Sin amilanarse por la falta de apoyo oficial y privado que tal vez le
hubiera permitido liberarse definitivamente de una duda intolerable,
un heroico, atribulado y admirablemente tenaz grupo de familiares de
esos 69 argentinos escribió con increíbles sacrificios el segundo e
inesperado capítulo de esta tristísima historia.
Ahora, un cambio de notas entre la Argentina y Costa Rica pone punto
final a ese segundo capítulo. Tal vez la historia termine allí. Pero
las últimas declaraciones de los expedicionarios afirman que “tienen
perfectamente localizado el lugar de la caída” y que “no bien puedan
realizar una nueva entrada en la selva les bastará una o dos semanas
para alcanzar los restos del avión”.
Tal vez, entonces, haya comenzado ya el tercer capítulo.
Jorge Capsitski
Oscar Muslera
Revista Panorama
01/1968
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