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EL SUEÑO DE LA VIVIENDA PROPIA
JUAN SIN TECHO
En la Argentina, ninguno de los sistemas vigentes ofrece posibilidades
de vivienda para el ciudadano medio. Ocho millones de argentinos
aguardan ahora las posibles soluciones del Banco Nacional de la
Vivienda
"Vendo mis ojos al mejor postor, para conseguir vivienda digna y
asegurar el bienestar de mis hijos huérfanos.” Esta solicitada,
confundida entre avisos comerciales, desconcertó a los lectores de un
vespertino de Buenos Aires a comienzos de septiembre último. Parecía
una broma macabra. Para los muchos que no vieron el film italiano Il
boom, protagonizado por Alberto Sordi, donde se plantea una situación
similar, el drama de este hombre resulta inverosímil.
Como el anónimo Juan Sin Techo de la solicitada, unos ocho millones de
argentinos están obligados a sacarse la grande o a cobrar una
herencia... o a vender parte de su cuerpo para conseguir un techo. Una
infinita cadena de frustraciones aleja cada día más a los aspirantes
que solo cuentan con un sueldo para comprar una vivienda.
Según los datos del Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE), en 1965
el déficit alcanzaba a 1.352.000 unidades de vivienda, a las que se
agregan las 142 mil unidades precarias o deficientes de las zonas
urbanas del país y 427 mil del sector rural, lo que hace un total de 2
millones de viviendas. Además, un tercio de la población argentina
carece de comodidades indispensables. Las villas de emergencia, los
edificios antiguos o casi derruidos, el hacinamiento que se registra
en las ciudades, la improvisación de alojamientos y la multiplicación
de hospedajes transitorios, son también —aunque no integran las
estadísticas— parte del problema de la vivienda.
Derecho Inexistente
"Con el gobierno y los obreros, encararemos definitivamente la
solución del problema habitacional”, declaró en una oportunidad,
Ernesto García Olano, subsecretario de Vivienda, durante el gobierno
de Illia, ratificado como secretario por el gobierno revolucionario.
No fue el primero ni el último de los funcionarios que prometió una
mejor distribución de los fondos estatales para procurar vivienda a
las clases de pocos recursos. Pero hasta el mensaje de Onganía, a
comienzos de noviembre, persistía la incertidumbre acerca de los
planes de gobierno. El proyecto de crear un Banco Nacional de la
Vivienda, donde se con centre la acción del Estado, abre una
esperanza, la única posible para que el derecho a una vivienda digna
deje de ser una ilusión inscripta en la Carta Magna. El balance es
angustioso: mientras en 1958 se escrituraron en el Banco Hipotecario
50.499 préstamos, en 1963 los préstamos no superaban los 4.900. Juan
Sin Techo, solicitante de un crédito oficial, se ve obligado a pagar
el 25 % de la suma requerida en cuotas de ahorro que pueden integrarse
en un plazo que varia entre dos y cinco años. Luego de interminables
trámites obtendrá su préstamo, pero la angustia recién comienza:
generalmente el banco cotiza su operación en un 80 por ciento del
monto que se ha comprometido a entregar. Aparte del 20 por ciento que
el interesado ha ahorrado, deberá desembolsar otro 20 por ciento que
el banco no le otorga. Juan Sin Techo se enfrenta con la muralla del
desamparo y la impotencia: se verá obligado a abonar personalmente un
40 por ciento de la operación.
"El Estado debe adoptar de una vez por todas su papel incuestionable,
formulando una política nacional de vivienda clara y realista”,
anticipó a Panorama el arquitecto Juan Antonio Ballester Peña,
director del Consejo Federal de Inversiones.
Sin esa política relacionada con la construcción: la financiación,
venta y legalización de las operaciones inmobiliarias, seguirán como
hasta ahora libradas al azar.
Familias enjauladas
“Vamos, salga de aquí, nada de periodistas." El dueño de la pensión
cerró enérgicamente el paso las visitas están prohibidas. Largos
pasillos, angostas y oscuras escaleras, un espectáculo degradante,
vedado al interrogatorio y a la curiosidad. Los ruidos orquestan el
llanto de los chicos, los gritos de la televisión, los reclamos de las
madres: un clima de cotidiana ansiedad.
Medio millón de personas esparcidas en cuarenta mil pensiones de
Retiro, Once, Constitución y barrios suburbanos, se hacinan en cuartos
con cuatro y seis camas. Años atrás las habitaban familias que poco a
poco las fueron abandonando por la antigüedad y sordidez de los
edificios. Entre los inquilinos —la gente de paso fue reemplazada por
otra que habita permanentemente— empezaron a caracterizarse dos grupos
bien diferenciados: los solteros y los casados. Ahora, los precios
dependen del número de camas —para una familia o para un grupo de
solteros— que se pueden llegar a colocar en una habitación.
Un matrimonio con o sin hijos paga de 10 a 13 mil pesos mensuales por
habitación, una cifra que devora el 50 por ciento del sueldo. Estas
sumas no incluyen comida ni desayuno y algunos servicios se cobran
aparte: plancha (hasta 100 pesos la media hora), radio (800 pesos por
mes), televisión (más de 1.000 pesos mensuales), heladera (entre 700 y
900 pesos).
El ambiente familiar anormal es causa frecuente de desequilibrios
psicológicos. La inexistencia del ámbito personal —divulgan los
psicólogos, sociólogos y urbanistas— origina serias neurosis que se
van sumando y suelen provocar en las pensiones y en las estrechas
casas de departamentos tensiones, reyertas, peleas constantes, que
agudizan el vértigo de la promiscuidad.
La dificultad para conseguir habitación higiénica, la necesidad de los
miembros de la familia de trabajar separadamente, la falta de libertad
en el trabajo urbano, a escasez de transportes adeudados con qué
trasladarse, causan desórdenes emocionales. Estos se traducen con
facilidad en el alcoholismo, la prostitución, la delincuencia y el
suicidio”, puntualiza, desconsolada, la doctora Dora González.
Paulatinamente, la familia se desintegra. Juan Sin Techo no tiene
escapatoria. El último recurso que le queda es levantar su rancho en
una de las tantas villas miseria del Gran Buenos Aires. Ya ochocientos
mil vecinos le precedieron en la opción por ese remedio.
En la Argentina, las semejanzas con la Edad Media, son cada día más
estrechas. En 1949, en la Capital Federal, 10 mil familias estaban
alojadas a razón de 7 personas por habitación. En 1966, 7 millones de
habitantes tratan de supervivir entre cuatro paredes.
El 50 por ciento de la población soporta, además, carencia de cloacas
y el 50 por ciento de gas y combustible directo. Según la Comisión
tara Asuntos Latinoamericanos de las Naciones Unidas, el déficit
habitacional argentino alcanzará en el año 2.000 los 6 millones de
unidades. La Organización de Estados Americanos calcula en 150 mil por
año, durante tres décadas, las construcciones necesarias para suprimir
nuestro déficit: pero en la actualidad, el promedio de edificación
anual no llega ni a la mitad de esa cifra.
3 millones de horas
Los técnicos y las estadísticas revelan que el crecimiento
arquitectónico en torno de la Capital Federal y del Oran Buenos Aires
—a granees distancias de los lugares de trabajo— ocasiona un caos
económico que se expresa en cifras multimillonarias. Un millón de
empleados y obreros pierden, en los medios de transporte, 375 mil
jornadas laborales, igual a 3 millones de horas hombre de trabajo,
algo así como si se quemaran o destruyeran 300 viviendas de tipo medio
cada 24 horas.
La población nativa crece en una proporción del 1,7 por ciento anual y
cada año hay que albergar a 375 mil nuevos seres. El problema de la
vivienda tiende a complicarse y agudizarse hora tras hora. Se hace
necesario construir a pasos agigantados.
El interventor interino de la Dirección General de Préstamos
Personales y con Garantía Real, ingeniero Florencio Arnaudo, reconoció
que la superficie mínima que debe tener una vivienda para resultar
“confortable” es de 16 metros cuadrados por persona; por debajo de los
12 metros cuadrados se traspone el límite crítico que compromete las
normales relaciones familiares. Menos de los 8 metros por persona se
supera el limite patológico. Para la neurosis y la claustrofobia no
hay fronteras. Una vivienda “confortable”, sin embargo, no es más que
una pieza y cuesta 450 mil pesos.
La crisis que no ceja
La estabilidad en los costos y la ausencia de una ley de alquileres
generó, a partir de 1933 y hasta 1944, una abundancia increíble de
viviendas que hizo difícil la locación. Por 180 pesos se conseguían
estupendas casas. Una buena sala amueblada, en plena zona céntrica, se
podía alquilar por 60 pesos mensuales.
Representantes de distintos sectores de opinión, entrevistados por
Panorama, coincidieron en fijar fecha al despertar del problema: 3 de
agosto de 1943, durante la presidencia del general Pedro P. Ramírez,
cuando "demagógicamente —objetan— rebajó por ley el 10 por ciento de
los alquileres, cundiendo el desaliento en la construcción”.
El desarrollo industrial que irrumpió en Buenos Aires en la década del
40 fue el principal motivo que atrajo a las poblaciones desocupadas
del interior. Paso a paso, inundaron los barrios céntricos y aledaños,
pero no bastó: la marea, agitada, cruzó el límite urbano de la capital
y se alojó en los suburbios. Cuando los suburbios no bastaron,
afloraron como hongos
las villas transitorias. En 1945 asomó la cara trágica de la crisis.
Sin atenuantes, los alquileres y los costos subieron estrepitosamente.
“La apetencia del confort de la ciudad, el acrecentamiento de una
vigorosa clase media, la inflación, la falta de previsión y de
confianza, la mala organización de los alquileres —analiza el
especialista doctor Ival Rocca— y una excesiva burocracia, fueron las
principales causas que provocaron la escasez de viviendas.”
Los presidentes que sucedieron a Ramírez actuaron con sutileza: la ley
que disponía la congelación de los alquileres favorecía a la mayoría
del pueblo votante. Sus opositores la utilizaron como un reiterado
“latiguillo” que les servía para argumentar en periódicos, panfletos y
revistas su descontento.
La construcción menguó, los propietarios reticentes se fueron
preguntando la utilidad de disponer de grandes capitales para tan
pocas ganancias. Los créditos, sin embargo, no escasearon, pero en los
posteriores veinte años no fueron suficiente incentivo como para
emprender “las hazañas temerarias de los constructores”. La constante
devaluación del peso fue —entre otras— el arma trágica que hirió de
muerte a los empresarios; edificar dejó de ser negocio.
El déficit que crece
“En el gran hogar argentino, cada argentino debe tener un hogar”. En
los pasillos y columnas de muchas oficinas públicas un publicitado
cartel informa a los que esperan y transitan sobre las eufóricas
intenciones oficiales para remediar el más cruento, temido y
fantasmagórico de los problemas nacionales: la falta de viviendas.
Pero las retracciones económicas, las alzas y bajas de las
disponibilidades presupuestarias de los entes estatales, suelen dejar
los planes en programas.
A fines de 1960, el déficit de viviendas económicas llevó a un gran
sector de la clase media a buscar propuestas de las flamantes
compañías de Ahorro y Préstamo. A poco de inauguradas cundió el
desaliento: estafas, quiebras fraudulentas y “manoseos” criminales con
los fondos de los esperanzados inversores, aniquilaron los cálculos
optimistas.
La Superintendencia de Ahorro y Préstamo —hoy Caja Federal de la
Vivienda— no dio abasto al mar de operaciones y la temible burocracia
terminó por enseñorearse del sector privado, truncando ahorros y
pequeños depósitos iniciales.
Pese a todo, los deseos del público por intentar soluciones
perduraron. En seis años se escrituraron 15.833 préstamos por un
importe de 9.258 millones de pesos, que sumados a lo devuelto a muchos
ahorristas —por rescisiones y anticipos— representan 10.372 millones
de pesos.
Los planes de ahorro y préstamo establecen que el suscriptor debe
acumular mensualmente el uno por mil del monto contratado, hasta tanto
se concrete el préstamo. Una vez otorgado, el crédito se devuelve en
cuotas mensuales que varían según los plazos de amortización que cada
entidad establece. En muchas, cuando el préstamo es de un millón de
pesos y el suscriptor ya cumplió con el ahorro del 25 por ciento,
puede devolver el monto restante en 93 cuotas mensuales de 11.250
pesos cada una, incluyendo intereses y cargas totales.
Con el millón en la mano, empieza para el beneficiario otra pesadilla:
los precios de casas y departamentos se han cuadruplicado. La
inflación y la especulación arrasaron sus esperanzas. En los cinco
anos que demoró en capitalizar el 30 por ciento del préstamo
solicitado, el departamento que costaba un millón de pesos saltó a la
astronómica cantidad de 4 millones. Lo que la compañía le entrega no
le alcanzará ni para la seña.
Delincuentes de la vivienda
El proceso es singular: solo ocurre en la Argentina, porque es el
único país del mundo donde el incremento de los costos en la
construcción supera el 40 por ciento anual. Aquí se necesitan entre 40
y 45 horas-hombre para un metro cuadrado de edificación. En otros
países bastan y sobran de 8 a 10 horas-hombre. Imperan entre nosotros
las técnicas tradicionales y siempre se cae en un circulo vicioso: los
precios podrán abaratarse —juzgan los productores— si se da comienzo a
una decisiva etapa de industrialización masiva. Pero resulta imposible
hablar de industrialización hasta tanto no existan planes concretos de
vivienda que posibiliten una demanda continua.
De ahí que el círculo se multiplique y tarde en cerrarse: de las 3 ó 4
viviendas que se construyen por cada 1.000 habitantes, dos son
reposición de las que se deterioran.
No obstante la falta de apoyo crediticio, el sector privado ha llegado
a construir la mitad de las obras que se había propuesto. Fueron
destinadas a clases de altos recursos. Los Juan Sin Techo —los que no
pueden disponer de 300 a 400 mil pesos iniciales— seguirán esperando,
con amargura y estoicismo. “No puede existir estimulo nacional para el
ahorro con nuestra inflación —confesó el ingeniero César M. Polledo,
presidente de la Cámara Argentina de la Construcción— y les aseguro
que no es la construcción lo que encarece, sino el dinero lo que se
envilece.”
Los industriales viven en un lamento permanente; los interesados se
someten al desconsuelo. Las alzas en los precios no son los únicos
enemigos: también los intermediarios son innumerables.
Al precio total de la unidad se le debe agregar el inesperado 3 por
ciento del contrato (en los alquileres) y hasta el 10 por ciento (en
las compra-ventas) que el intermediario —no siempre es martillero
profesional y su única molestia es usar el teléfono para concretar la
operación— fija como honorarios. De esta forma, un departamento de 2
millones de pesos sufre un recargo de 160.000 pesos.
Los trámites posteriores —gastos de escrituración, inscripción en el
Registro— componen, también, parte del complot contra el comprador. La
demora en concretar la operación se presta a las maniobras de un
vendedor inescrupuloso que puede llegar a vender tres, cinco y hasta
siete veces un mismo departamento.
En otros casos, la policía ha descubierto organizaciones delictivas
que lucraban en el negocio habitacional con ribetes cinematográficos.
Un aviso en los diarios —“se alquilan habitaciones por 3 mil pesos”—
atraía a un ávido gentío que, debiendo pagar un previo depósito como
garantía al intermediario, jamás pudo gozar las delicias de una
vivienda barata. En cambio, le esperaban departamentos por 15 mil
pesos. Si con justa razón se negaba a alquilarlos, perdía
definitivamente el depósito.
Soluciones de fondo
"No existe el problema de la vivienda —denunció con tono admonitorio
el arquitecto Francisco García Vázquez—: es una derivación de otros,
como los déficit en sanidad, educación, y la no explotación a fondo de
las riquezas naturales.”
Países, ciudades, regiones enteras destrozadas por los bombardeos en
la Segunda Guerra Mundial se recuperaron, remozados, en un par de
años. En unos casos, se las reconstruyó milímetro a milímetro,
respetando las tradiciones y los lugares históricos. Gracias al empeño
de arquitectos e ingenieros, edificar una ciudad en menos de un mes,
depende hoy solo de la intención, la tenacidad y el dinero para
hacerlo.
Sin embargo, no solo la Argentina vive aletargada en materia de
construcciones. Nos queda el consuelo del mal ajeno. El Consejo
Económico Social de las Naciones Unidas ha reclamado con carácter de
urgencia la colaboración de regímenes y gobiernos: “La población
mundial —aseguran— aumenta a pasos agigantados; hay que construir
nuevas viviendas adecuadas para hacer frente a la expansión
demográfica. De lo contrario, la población adicional tendrá que
hacinarse obligatoriamente en las viviendas existentes, vivir en
estructuras provisionales o quedarse sin hogar”.
En Asia, el déficit ascendía hace dos años a 145 millones de unidades.
En los Estados Unidos, 2 millones y medio de viviendas fueron
clasificadas como "deterioradas” y 4 millones carecían de retrete
privado, cuarto de baño o agua corriente.
La falta de viviendas en Europa (con exclusión de la Unión Soviética)
puede estimarse en más o menos 14 millones. En el Viejo Continente el
crecimiento de la población exige la construcción de un millón de
unidades cada año y la reposición de las existentes requeriría la
edificación anual de otro millón más. En Chile, la proporción de la
población que vive en cuartos de conventillos, ranchos, chozas y
albergues improvisados superaba el 20 por ciento. En algunas ciudades
peruanas, la proporción de habitantes de “barriadas promiscuas”
llegaba al 70 por ciento en Chumbote y al 40 por ciento en Arequipa.
En Uruguay, los conventillos, cantegriles y ranchos albergaban en 1965
unas 200 mil personas.
En nuestro país, el paisaje de los departamentos sin terminar
—“esqueletos deformes y humedecidos”— se ha ido agravando en el último
decenio. La ausencia de créditos, los “manejos” de ciertos
constructores y el repentino Incremento de los costos frustraron los
sueños de millones de compradores. Si, según los expertos, una familia
de pocos ingresos debe destinar, para adquirir vivienda, un 25 por
ciento de sus ingresos —suponiendo que el 75 por ciento del salario
mínimo vital es suficiente para subsistir—, deberá esperar 20 años
para tener su techo propio.
Queda una excepción: que el sindicato al que esté adherido alguno de
los miembros de la familia corra en su ayuda. Fuertes asociaciones
gremiales —Luz y Fuerza, Federación de Empleados de Comercio,
Bancarios— ofrecen planes accesibles de adquisición de viviendas. Un
departamento tipo (alrededor de 75 m2) es vendido por los gremios a
15.000 pesos por metro cuadrado, compitiendo contra un precio de plaza
que supera los 30.000 pesos por igual superficie.
El Sindicato de Luz y Fuerza lleva entregadas 3.000 viviendas y están
en etapa de construcción otras 2.000. Han creado una cooperativa
propia y compraron un corralón que sirve de depósito y acopio de
materiales. La forma de pago del departamento varia de acuerdo a los
planes estipulados, pero puede resumirse en los siguientes pasos: el
afiliado se inscribe en un sorteo público; si la suerte le sonríe,
mientras dure la construcción, debe depositar, a manera de ahorro,
5.000 pesos mensuales; una vez entregada la vivienda, el sindicato le
financia el resto de la operación a 20 años con el 10 por ciento de
interés.
“La solución consiste en transformar la Caja Federal de la Vivienda en
un banco, en el que ingresarán las sociedades de ahorro y préstamo y
las innumerables entidades que financian la construcción, para evitar
la actual dispersión de esfuerzos. El Banco deberá operar aplicando,
‘ineludiblemente’, el sistema del Crédito Recíproco —afirma el doctor
Néstor Salotti, introductor del sistema en el país— por cuanto el
Ahorro y Préstamo adolece de irrealidad. Con planes adecuados, en base
a crédito recíproco, y una inversión de, por ejemplo, 10 mil millones
de pesos, pueden adjudicarse préstamos por valor de 40 mil millones.”
En su mensaje del mes anterior, el presidente Onganía anunció que el
Banco Hipotecario Nacional lanzaría de Inmediato una nueva suscripción
pública de sus planes de ahorro y préstamo, por 14.400 millones,
empleando otros 7.600 millones para satisfacer pedidos de elevación de
montos. El ahorro popular se canalizará a través de la Caja Nacional
de Ahorro Postal.
Pocos días después, el secretario de Vivienda, Ernesto García Olano,
anunciaba una inversión pública de 40 mil millones de pesos —el 60 por
ciento de los cuales será aportado por el Banco Hipotecario— para el
plan de vivienda 1967. En él se sustituyen los préstamos en efectivo
por la adjudicación de unidades elegidas previamente por los
suscriptores entre las 5.000 que pondrá en venta el Banco en lo que
resta del año y en 1967.
Una inversión global no inferior al 4,5 por ciento del producto bruto
nacional bastaría para satisfacer las necesidades de ocho millones de
argentinos.
Eduardo Savloff y Daniel Muchnik
Revista Panorama
12/1966
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